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"El destino es el que baraja las cartas, pero nosotros somos los que las jugamos". William Shakespeare


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Una historia de amor y dolor

El menosprecio injustificado y ridículo que se ejerce sobre el factor de la intriga por cierto sector del público podría hacer que este largometraje pasase desapercibido para el espectador con complejo de trascendencia intelectual. Todo ocurriría, todo hay que decirlo, de una manera plenamente injusta pues conforma uno de las cintas más interesantes del año.

“Prisioneros” es un thriller embriagador, potente y con mucho estilo. Nos llega de la mano del director canadiense Denis Villeneuve (conocido por el desgarrador Incendies)
y su trabajo se nota. El franco parlante toma un argumento de una originalidad escasa (como es el secuestro de unas niñas) y de la mano de Aaron Guzikowski y su espectacular guión hace que merezca la pena pagar el elevadísimo precio de las entradas.

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Durante algo más de dos horas se nos llenará la cabeza de inquietantes falsos culpables, violencia y caminos sin salida. La intensidad dramática, que no decae en ningún momento, provocara que los espectadores aficionados a los misterios pongan a funcionar sin descanso sus “células grises” como diría Poirot.

Los parajes americanos donde se desarrolla la acción sumados a la continua lluvia, elemento sumamente incondicional en las películas del género, nos ponen en situación desde el minuto uno. Se nota la mano del nominadísimo director de fotografía Roger Deakins (No es país para viejos, Una mente maravillosa).

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Las monumentales interpretaciones de Gyllenhaal y Jackman completan el círculo. El primero encarna la figura del policía encargado del caso. Con el pelo engominado, las camisas bien abotonadas y numerosos tatuajes, un Gyllenhaal eléctrico y potente verá como su personaje va incrustándose en la vida de estas dos familias. El mismo actor se refería así a su interpretación:

“Hablé mucho con Denis sobre mi personaje y su relación con el de Hugh Jackman. El sujeto era muy sensible: la desaparición de dos niñas pequeñas y el impacto en sus padres, en sus madres, en las familias que les rodean. Mi personaje es alguien al que no puedes identificar a primera vista: te despistan los tatuajes, el anillo, su forma de moverse, como si supiera mucho más de lo que realmente dice. Nunca se desvela –y no voy a hacerlo ahora- el origen de todo eso, pero puedes imaginarte que el tipo no ha tenido una vida sencilla y que si le acercas demasiado una cerilla puede explotarte en la cara. Puedes imaginar que él mismo ha visitado el sistema penitenciario pero que de algún modo ha salido de ahí y está en el otro lado, el de la justicia. Todo eso está ahí, e intuyes muchísimas cosas: dicen que el diablo está en los detalles y me gustó mucho hacer ese ejercicio de imaginarme de dónde salía este hombre, que había hecho antes de ser policía, cuál era su auténtico motor, más allá de su placa. Esa ambigüedad era en realidad lo más atractivo”.

En Hugh Jackman es dónde realmente se plasma la idea que quiere transmitirnos el director mediante esta historia que no es otra que ver hasta dónde pueden llegar las personas en situaciones límite. El australiano llegó incluso a reducir sustancialmente sus horas de sueño para meterse más en el papel, lógico teniendo en cuenta que el personaje que encarna considera dormir como “fallar” a su hija. Un rotundo y seguro Jackman nos demostrará lo que es capaz de hacer el amor paterno.

En definitiva, una película de muy alta calidad que les hará pasar un buen rato.

C.P.

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