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"El destino es el que baraja las cartas, pero nosotros somos los que las jugamos". William Shakespeare


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El amor, el gran desconocido

Podrá nublarse el sol eternamente;
podrá secarse en un instante el mar;
podrá romperse el eje de la tierra
como un débil cristal.
¡Todo sucederá!
Podrá la muerte
cubrirme con su fúnebre crespón;
pero jamás en mí podrá apagarse
la llama de tu amor.

(Amor eterno. Gustavo Adolfo Bécquer).

Todos creen que saben, pero muy pocos comprenden. Y es que todos soñamos con la historia de amor perfecta. Ese final idílico de película, que termina con un beso en la azotea del 230 Fifth de Nueva York, con los fuegos artificiales inundando el cielo de Manhattan, mientras escuchamos de fondo With or without you… El desenlace perfecto, qué duda cabe.

El problema es que se ha extendido la creencia de que el amor romántico es el único criterio que justifica una relación de pareja. Una creencia amplificada por películas o novelas que hacen del amor apasionado y constante prácticamente el único requisito para mantener una relación de pareja.

Esta visión idealizada del amor, provoca que cuando el príncipe azul o la mujer diez empiezan a ser impuntuales, perezosos, vulgares, o simplemente, personas normales, con sus virtudes y sus defectos, las mariposas en el estómago no sean tan frecuentes. Entonces, la realidad habrá hecho acto de presencia: “Ya no siento lo mismo que al principio”, “la quiero pero no estoy enamorado”…

Muchas personas dejan de amar a sus parejas porque ya no tienen sentimientos de amor hacia ellas. Es un enfoque un tanto victimista, porque los sentimientos surgen como consecuencia de nuestras actitudes y comportamientos amorosos. Para amar de verdad debemos asumir la responsabilidad de crear este tipo de conductas al servicio de la relación.

Una vez se desvanecen los efectos del enamoramiento, los amantes empiezan a verse como realmente son. Es entonces cuando comienza la verdadera relación de pareja, pudiendo cultivar un amor sano, nutritivo y verdadero. Comenzamos a amar cuando experimentamos plenitud propia y nos convertimos en cómplices del bienestar del otro.

Para amar, es necesario amarnos a nosotros mismos primero, si no es imposible amar a los demás. Porque, intentaremos suplir ese amor propio y esa falta de autoestima, buscando en nuestro compañero sentimental el cariño, el aprecio, el reconocimiento y el apoyo que no nos damos a nosotros mismos. Nadie nos ha enseñado a amar, pero como cualquier otro arte se aprende a base de practicar y cometer errores.

Pero qué duda cabe de que enamorarse sienta de maravilla. Cuando nos enamoramos, nuestro organismo segrega más adrenalina y noradrenalina, hormonas que promueven la búsqueda del contacto físico. Cuando ese subidón hormonal empieza a remitir, algunas personas echan tanto de menos esa sensación maravillosa que prefieren empezar de nuevo. Pesa más el deseo de recuperar el “chute” neuroquímico que las ganas de seguir con la pareja.

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El amor es una palabra muy maltratada por la sociedad. Tanto es así que en un primer momento suele confundirse con el enamoramiento. El enamoramiento es un estado de atracción y pasión que suele durar entre seis meses y dos años, estrechamente relacionado con nuestra necesidad biológica de procreación. Es la trampa en la que caemos cuando vivimos condicionados por nuestro instinto de supervivencia.

Durante este periodo nos obsesionamos con la persona amada, queriendo estar a su lado todo el tiempo y a cualquier precio. Es como un hechizo fisiológico que nos nubla la razón, volviéndonos adictos al objeto de nuestro deseo. El enamoramiento nos lleva a distorsionar la realidad, proyectando una imagen idealizada sobre nuestra pareja. No vemos al otro tal como es, sino como nos gustaría que fuese.

Cuando dos personas se sienten atraídas y empiezan a enamorarse, todo viene dado, no hay que hacer nada, solo sentir. En la etapa de enamoramiento predominan la pasión, el sentimiento de que la otra persona nos colma de felicidad, las ganas de estar siempre en su compañía… Lo más difícil para una pareja es pasar de la fase del enamoramiento a la del amor; el enamoramiento es demandante e infantil, el amor es generoso y gratificante, mucho más duradero, maduro y placentero.

El verdadero amor se sustenta bajo tres pilares fundamentales: el primero es la responsabilidad personal, que consiste en que cada amante se haga cargo de sí mismo psicológicamente. El segundo es la interdependencia, una vez conquistada la autonomía e independencia emocional, el aprendizaje radica en construir una convivencia constructiva, honesta y respetuosa. Y por último, valorar y disfrutar de la persona con la que compartimos nuestra vida tal como es.

Esto precisamente, puede verse reflejado en la terapia Gestalt: “Yo soy yo, tú eres tú. Yo no vine a este mundo para vivir de acuerdo a tus expectativas. Tú no viniste a este mundo para vivir de acuerdo con mis expectativas. Yo hago mi vida, tú haces la tuya. Si coincidimos, será maravilloso. Si no, no hay nada que hacer”.

Sin embargo, la paradoja inherente a nuestros vínculos afectivos es que todos deseamos ser queridos, pero ¿cuántos amamos realmente? Y es que una cosa es querer y, otra muy distinta, amar. Queremos cuando sentimos un vacío y una carencia que creemos que el otro debe rellenar con su amor. En cambio, amamos cuando experimentamos abundancia y plenitud en nuestro interior, convirtiéndonos en cómplices del bienestar de nuestra pareja.

A menos que cada uno de los dos amantes se responsabilice de ser feliz por sí mismo, la relación puede convertirse en un campo de batalla. De hecho, muchas parejas terminan encerrando su amor en la cárcel de la dependencia emocional, creyendo erróneamente que el otro es la única fuente de felicidad. Es entonces cuando aparecen en escena el apego (creer que sin el otro no se puede vivir), los celos (tener miedo de perder al compañero sentimental), la posesividad (tratar al otro como si nos perteneciera) y el rencor, que nos lleva a sentir rabia e incluso odio hacia nuestra pareja, creyendo que es la causa de nuestro malestar.

Y por si fuera poco, se sabe que cada conflicto que mantenemos con nuestra pareja deja heridas en nuestra mente y en nuestro corazón. Con el tiempo, nuestro cerebro va tejiendo una red neuronal en la que se archivan todos esos desagradables episodios de violencia psicológica. Aún así, muchos afirman que el amor es algo que no puede buscarse, sino que termina por aparecer en nuestra vida. No importa la edad, ni nuestro currículo afectivo. Lo cierto es que,  nadie quiere renunciar a amar y ser amado.

Fdo: Carlos Hernández Triana


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El afecto: la dependencia emocional

La búsqueda del amor es una de las necesidades básicas del ser humano. El afecto nos convierte en seres fuertes, pero si al alcanzarlo nos entregamos en exceso y no acertamos a delimitar los sentimientos, la pasión se puede convertir en veneno. Hay personas que están enganchadas al amor. La dependencia emocional transforma el deseo en necesidad, y las relaciones de pareja se vuelven destructivas. El dependiente no nace, se hace, por lo que es una conducta que tiene solución.

Existe un gran debate científico sobre el carácter de esta necesidad psicológica, y también hay quien comparte que la dependencia emocional no es una enfermedad. El psicólogo Tomás Navarro, apunta que es, más bien, un detonante que provoca otras patologías como la ansiedad, la depresión y otro tipo de trastornos”.

Normalmente, el origen suele estar en la infancia. Se debe a personas que han experimentado historias de relaciones familiares perturbadoras, de carencia afectiva, inadaptación social, vivencias de rechazo en la familia e incluso de sobreprotección extrema. Haber vivido este tipo de situaciones durante los primeros años de vida provoca que se vaya fraguando una autoestima deficitaria que comienza a introducir una forma de afectividad o de querer inadecuada. No obstante, una persona puede llegar a ser dependiente emocional por diferentes y variadas causas. La personalidad de cada uno desempeña un papel importante en el desarrollo de esta necesidad.

Existen una serie de conductas que se repiten en personas dependientes. La primera y principal señal es el miedo a la ruptura. Este miedo conlleva otro patrón que también se repite, la tendencia a encadenar relaciones. Los dependientes emocionales suelen tener parejas desde la adolescencia, y si es posible intentan estar siempre con alguien. Después de una ruptura, vivida como un acontecimiento verdaderamente catastrófico, intentan reanudar la relación por muy nefasta que haya sido o bien buscan a otra persona que cubra su necesidad extrema de estar acompañado de alguien.

El segundo indicador es la baja autoestima y el concepto negativo de sí mismo. La inseguridad, la culpabilidad o la percepción de que el origen de su conducta y comportamiento es externo a la propia persona, pueden hacer que sienta la necesidad de protección, ayuda y dependencia de otra persona. La dependencia emocional provoca relaciones de pareja desequilibradas en las que se sufre mucho, y eso hace que la autoestima del dependiente se vaya minando, y aunque se están consumiendo, prefieren ese tipo de relación a quedarse solos.

¿Dónde se encuentra el límite entre la dependencia saludable y la tóxica? En los síntomas de adicción: en la necesidad de estar cada vez más cerca de la otra persona y con más intensidad. Cuando la dependencia emocional nos afecta a nivel social, laboral, personal o de salud, ya podemos decir que hemos cruzado la línea de la normalidad. En estos casos la tensión emocional acaba provocando actitudes agresivas y nos sumergiremos en una situación de frustración.

Para evitar caer en esta adición, puede ser de gran ayuda centrarse en la prevención basada en cuatro puntos: mejorar la autoestima (la necesidad afectiva disminuye), mejorar las relaciones interpersonales (disminuyendo la necesidad de agradar), aprender a intervenir directamente en las relaciones de pareja (evaluando si es agradable o enfermiza), y es fundamental interiorizar pautas para preparar futuras relaciones sanas (idea de equilibrio entre las dos personas). Aunque no hay estudios oficiales, los psicólogos apuntan que hay más mujeres que hombres entre los dependientes emocionales. Puesto que la mujer tiene más desarrollada la capacidad de establecer relaciones y vínculos afectivos que el hombre.

Para terminar de entender todo lo que al afecto se refiere, es muy recomendable la película: “El indomable Will Hunting”. Película en la que se puede apreciar como Will (Matt Damon), busca su propio destino y, para ello, deberá enfrentarse a muchas situaciones dolorosas que ha sufrido durante toda su vida, y que han modificado negativamente su afecto. Sean Maguire (Robin Williams) intentará ayudarle. Son estos momentos individuales los que hacen de esta película un filme tan afectivo.

 

 

 

Fdo: Carlos Hernández Triana